
San Valentín para cínicos sentimentales: O cómo aprendí a amar el 14 de febrero
Se acerca esa fecha en el calendario, el 14 de febrero, un día que divide a la humanidad en dos bandos irreconciliables: los que compran flores y bombones como si no hubiera un mañana, y los que ponen los ojos en blanco proclamando que “San Valentín es un invento de los grandes almacenes”. Y, ¿sabéis qué? Ambos tienen su parte de razón.
Yo, lo confieso, he militado durante años en el equipo de los cínicos. “El amor se demuestra cada día”, pregonaba, mientras miraba con superioridad moral a las parejas que abarrotaban los restaurantes. Y sí, es cierto. El amor es convertir lo cotidiano en extraordinario, es ese café por la mañana, esa risa cómplice, es hacer el amor como si cada día fuese el último. Es un vínculo que nace del “quiero estar contigo”, no del “te necesito para no estar solo”. Pero, tras casi doce años sin pareja, he descubierto una verdad incómoda: me encanta celebrar.
Celebro mi cumpleaños varias veces al año, celebro el día que nació mi hijo, celebro Acción de Gracias aunque aquí no se estile, celebro la Navidad y, sinceramente, celebro que es martes. Cualquier excusa es buena para brindar por la vida. Entonces, ¿por qué declararle la guerra a un día que, en esencia, celebra el amor? Así que sí, cada día soy más del team San Valentín.
La versión oficial nos cuenta una historia bastante rebelde. Allá por el siglo III en Roma, el emperador Claudio II prohibió los matrimonios para los jóvenes, porque creía que los soldados sin ataduras familiares eran más fieros. Pero un sacerdote llamado Valentín, un romántico empedernido, se dedicó a casar a las parejas en secreto. Obviamente, lo pillaron y lo sentenciaron a muerte un 14 de febrero. Un mártir por el amor. ¡Toma ya! Aunque también hay raíces más paganas y, digamos, “salvajes”, como las fiestas Lupercales, unos rituales de fertilidad que incluían sacrificios y azotes con pieles de animales. Nada que ver con una caja de bombones, desde luego.
La versión comercial, por otro lado, es más prosaica. En España, hasta 1948, este santo no tenía nada que ver con los enamorados. Fue una campaña publicitaria de unos grandes almacenes la que importó la tradición para incentivar las compras. Así que sí, esa sensación de que nos intentan vender algo es completamente real.
Pero, ¿y si miramos más allá? ¿Y si, en lugar de pelearnos por su origen, nos apropiamos de la fecha? San Valentín es el día del amor, en plural. El amor por tu pareja, por tus amigos, por tu familia, por ti mismo. Es una excusa perfecta para celebrar esos vínculos que nos sostienen.
Y hablando de vínculos, no puedo evitar llevarlo a mi terreno: la astrología. Mucha gente se queda en la superficie: “Soy Piscis, él es Capricornio, ¿somos compatibles?”. ¡Error! Eso es como juzgar un libro por una sola palabra de su portada. La compatibilidad es mucho más compleja y fascinante.
Para entender la dinámica de una pareja, los astrólogos usamos herramientas como la sinastría, que superpone las dos cartas natales para ver cómo interactúan las energías, dónde hay chispas y dónde hay roces. Pero mi favorita es la carta compuesta. Es pura magia: se crea una tercera carta, un mapa astral de la relación misma, como si la unión de dos personas diera a luz a una nueva entidad con su propia personalidad y propósito.
Y ahí es donde se ve el verdadero juego del amor. Tu Luna nos habla de tu necesidad emocional, de lo que te da seguridad. Venus y Marte, junto a Plutón, revelan tu lenguaje erótico: si buscas ternura, pasión salvaje, caricias lentas o una conexión más profunda y transformadora. No se trata de si tu Sol es compatible con el suyo, sino de cómo danzan juntos todos estos planetas, creando una sinfonía única.
Así que, este 14 de febrero, te propongo un plan. Celébralo como te dé la real gana. Con tu pareja, con tus amigos, con esa persona que amas con locura o con las muchas personas que llenan tu vida. Regala flores, escribe una carta, prepara una cena o simplemente brinda por el amor en todas sus formas. Porque, al final, tener un día para recordarnos que amar y ser amado es lo más extraordinario que existe, no puede ser algo malo. Tengas pareja o no, ¡feliz día del Amor!
Cariños, Tiaret Lioness